Editorial Cristianismo Protestante, nº 56
Nuestros contactos con el mundo musulmán, que, después de muchos siglos, volvemos a tener muy cerca, nos advierten del peligro del fanatismo religioso, una actitud que también nosotros hemos mantenido en numerosas épocas de nuestra historia y a la que no somos inmunes. La religión toca las fibras más profundas de nuestro ser y no es extraño que nos mueva a tomar actitudes radicales. La endeblez de nuestra apologética frente a los ataques de la incredulidad y lo que consideramos competencia de las religiones foráneas, nos invitan a la intolerancia y al fanatismo. A veces tenemos la sensación de que nos están invadiendo, que el territorio es nuestro y que los otros, los que nos han venido de fuera, están tratando de dominarnos imponiéndonos sus leyes y sus costumbres. Quizás esto no sea tan evidente en el caso de los protestantes, que nos hemos encontrado con actitudes parecidas en nuestros primeros años de misión en España, pero también está presente. Nos duele que se conteste nuestro modelo de vida, nuestras costumbres, nuestra tradición.
Pretendemos, a menudo inconscientemente, que si los musulmanes vienen a vivir y trabajar entre nosotros, se deben integrar en nuestra cultura y adoptar nuestra forma de vida. Los aceptamos en lo que se refiere a lo positivo que pueden aportar, especialmente en la realización de los trabajos más duros y peor remunerados de nuestro mundo laboral, pero nos molesta su presencia en nuestra sociedad occidental, culta y tolerante, pero reacia al cambio. Nos produce un sentimiento de repulsa la exhibición pública de su religión y sus costumbres. Si hemos conseguido que los derechos de la mujer sean reconocidos como iguales a los del hombre, no nos acostumbramos a ver mujeres que, de paseo por la calle, no acompañan a sus maridos, sino que respetuosamente los siguen y que, incluso en el hogar, son discriminadas; nos subleva interiormente todo lo que huela a sometimiento de la mujer al hombre: ir con la cabeza cubierta por el velo islámico o vestidas con el burka que sólo deja al descubierto los ojos. Una reciente encuesta hecha por TV3 –aunque no se usó un sistema fiable- daba como resultado que un 98% de los ciudadanos de Catalunya eran contrarios a que se permitiera a las mujeres musulmanas llevar el burka en la calle o en lugares públicos. ¿Qué debe ser lícito y qué debe estar prohibido en nuestra sociedad? ¿Dónde está la línea roja que separa los derechos de los deberes? ¿Cuál ha de ser nuestra actitud en este pluralismo religioso en el que estamos inmersos? ¿Hemos de imponernos sobre estos recién llegados y obligarlos a ser como nosotros? ¿Prohibir el burka o los minaretes? ¿Oponernos a la construcción de mezquitas en nuestro barrio? Es en la respuesta a estas preguntas que hemos de evitar, para ellos y para nosotros, el peligro del fanatismo y la intolerancia. No es argumente aducir que ellos, en los países donde son mayoría, no respetan a los cristianos e, incluso, los persiguen y los expulsan. No son a ellos a los que ahora juzgamos, sino a nosotros mismos. Su fanatismo y su intolerancia no legitiman nuestras actitudes.
La respuesta correcta no está, seguramente, en decir sí o decir no a las preguntas que nos hemos formulado. Ha de ser el producto de un diálogo en el que se respeten los derechos de los musulmanes, sin que ello incida de forma significativa en nuestros derechos. Creyentes y no creyentes, cristianos y musulmanes, deberíamos renunciar a imponer nuestras convicciones y nuestra ideología a la sociedad pluralista en la que vivimos. La religión debería volver al lugar de donde nunca debería haber salido: la esfera de lo privado. Es a partir de la convicción personal que proclamamos nuestra comprensión de la vida. Y lo hacemos a toda la sociedad. Uno de los principios a los que no debemos ni queremos renunciar es a la libertad de expresión. Para nosotros los cristianos esto significa proclamar a Jesús como único Señor y Salvador. Sin embargo, hemos de tener muy en cuenta que lo que proclamamos no lo imponemos. Mejor dicho, no podemos imponerlo. Es nuestra verdad, pero no una verdad de validez general.
Hemos de reconocer que no hay verdades absolutas a las que tengamos acceso. Podemos creer en ellas, podemos afirmarlas y defenderlas, pero siempre al amparo de la palabra que preside nuestra fe cristiana: creo. Cuando vamos más allá y tratamos de establecer nuestra convicción como verdad absoluta, estamos en el camino del peor fundamentalismo y corremos el riesgo del fanatismo. Nuestro error será siempre convertir nuestras convicciones en dogmas con pretensiones de validez general. Lo que para nosotros puede ser una verdad inapelable, puede que para los demás sea un error craso
Parece evidente que si una verdad es absoluta debería prevalecer por encima de todas las demás. Y quizás esto debería ser así, pero el problema radica en cómo y quién dictamina que una verdad es absoluta o que un valor debe prevalecer por encima de los demás. No hay un criterio unánime. Cristianos, musulmanes o ateos mantenemos criterios dispares y nos es de absoluta necesidad encontrar lo que pueda ser válido para todos. Cuando una confesión religiosa pretende imponer sus criterios, como por ejemplo hicieron los que redactaron la Constitución de 1812, donde se afirmaba que la Iglesia Católica era la única verdadera, entraban en terreno prohibido. Lo mismo sucede con los musulmanes cuando pretenden establecer sus principios a toda la sociedad. No hay forma de entendernos.
La solución está en encontrar una ética de mínimos bajo cuyo amparo podamos vivir en paz y en armonía. Y esta ética de mínimos la encontramos en el acatamiento a los principios que proclama nuestra Constitución y leyes complementarias, en la aceptación de lo establecido en la Declaración Universal de Derechos humanos y en la igualdad de todos, hombres y mujeres, ante la Ley. Soy consciente de que esto no responde a las aspiraciones de muchos, creyentes y no creyentes. Hay cuestiones ambiguas que son de muy difícil resolución, como por ejemplo el aborto que algunas consideran un asesinato y mantienen que debería estar totalmente prohibido, o la ablación del clítoris por razones religiosas o culturales, que nuestra legislación prohíbe, por atentar contra la integridad humana. O el matrimonio homosexual que algunas confesiones religiosas denuncian por estimar que infringe la Ley natural.
Lo particular debe dar paso a lo general. En un estado no confesional como el nuestro es preciso que nos respetemos unos a otros, incluso manteniendo nuestras diferencias. Tanto el aborto como el matrimonio homosexual pertenecen a la esfera de las decisiones personales, dentro de los límites que establecen las leyes. La discusión filosófica sobre cuando un feto puede considerarse persona, es un debate abierto que la legislación cierra estableciendo unos plazos dentro de los cuales es posible su realización. El matrimonio homosexual es una opción personal de individuos que deben ser respetados. Por el contrario, la ablación es una agresión intolerable a las mujeres y no tiene otra legitimidad que la tradición cultural y la religión de un pueblo.
Cristianos y musulmanes, por establecer una de las comparaciones posibles, somos igualmente humanos y es a partir de esta humanidad, de este principio bíblico que afirma que de uno sólo creó Dios todas las razas (Ac 17,26), que hemos de encontrarnos como hombres y mujeres que buscan la verdad de Dios y los principios de convivencia pacífica. Entre todos, como hemos hecho en épocas concretas del pasado, hemos de construir, no una nueva torre de Babel, sino un espacio de paz, respeto y libertad.
Enric Capó