
El próximo domingo en las comunidades que conforman la Iglesia Evangélica Española, como en otras iglesias cristianas, se proclamará que “Jesús murió, resucitó y venció al imperio de la muerte” (Heb. 2:14,15). Dicha proclamación llena de alegría nuestros corazones y nos alienta al seguimiento de Jesús de Nazaret.
Jesús, nuestro Señor, venció en el Gólgota, y en la tumba vacía, al Imperio de la Muerte. Ese imperio que genera, diariamente, cientos de miles de empobrecidos, hombres y mujeres que “gustan” la muerte antes de tiempo y de multitud de esclavos y no de seres libres.
Jesús resucitado nos anuncia la esperanza del reinado de Dios. Un reinado donde, según un viejo profeta hebreo, el arco, la espada y la guerra no existirán más, y todo el género humano podrá descansar rodeado de la seguridad que proporciona una sociedad justa y fraterna (Os. 2:18).
El Resucitado, este domingo de Pascua, nos insta a discipular a los pueblos que conforman nuestro mundo (Mt. 28:19), y sugerirles que el camino para construir un mundo mejor pasa por la opción por la justicia, la fraternidad y la paz entre ellos. Esa es la única manera que conocemos, los discípulos y discípulas de Jesús de Nazaret, de seguir destruyendo, en el poder del Espíritu de Dios, al Imperio de la Muerte y disfrutar de aquello que el Evangelio denomina “salvación”.
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