Autor: Pablo García Rubio
En la iglesia, el hecho de ser mujer ha sido siempre un obstáculo para acceder a puestos de dirección eclesial. Los hombres que gobiernan la iglesia, apoyándose en la metáfora del pecado original, con Eva como culpable, a través de los siglos ha sido una rémora difícil de superar, ya que han sido presentadas como las culpables de la expulsión del Paraíso. La mujer ha sido siempre minus valorada, considerada como inferior al hombre tanto en lo físico como en lo intelectual.
La Iglesia católica, machista por excelencia, rechaza de plano que la mujer pueda acceder al ministerio sacerdotal, y la razón es muy sencilla, pues entre los discípulos de Jesús nunca existieron mujeres. Con ello, quizás, sin pretenderlo, presentan a un Jesús misógino. Estas personas olvidan intencionadamente que Jesús se sirvió de mujeres, las cuales le recibieron en sus casas, y fueron las únicas que siguieron a Jesús hasta la cruz y permanecieron al pie de la misma durante su sufrimiento y muerte, siendo las primeras anunciadoras de la Resurrección, cuando todos los discípulos habían huido y estaban escondidos por miedo a los judíos.
A lo largo de las Epístolas paulinas encontramos a mujeres creyentes que realizaban una labor esencial en la Iglesia, y que el Apóstol Pablo no tiene reparos en mencionarlas, como un testimonio vivo de la fe. No obstante, él mismo, en cierta ocasión, dice que la mujer en la iglesia calle y si tuviere que preguntar algo lo haga en casa a su marido. Pero ello no da lugar a desplazar a las mujeres, aunque a primera vista asi lo parece, sino que intenta en un contexto de la época que la mujer no sea motivo de escándalo, cuando en el pueblo judío la mujer tenía que aceptar estar en segundo término. Pablo elogia la fe de la madre y abuela de Timoteo como grandes trasmisoras de la fe. En el principio de la iglesia cristiana, la mujer pertenece con pleno derecho a la comunidad cristiana (Hech. 1,14; 12,12) y la actividad misionera la comprende también a ella. En cuanto cristiana, ella es hermana. Podemos subrayar en algunos casos su participación activa; recuérdese las colaboradas del Apóstol (Hech, 18,26; Rom. 16,1 ss). La casa de una mujer sirve de lugar de reunión (Hech. 12,12). Junto al diaconado masculino (Hech. 6, 1 ss) aparece también el femenino, que al principio tiene un carácter más libre (Hech. 9,36 ss; 16,15) y más tarde se convierte en ministerio (1ª Tim. 3,11).
Ya en el Antiguo Testamento se nos presentan algunas figuras carismáticas (Débora, Ana, Rut) que al lado del hombre o por delante de él, aparecen en las grandes encrucijadas de la historia del pueblo de Dios. La comprensión de Eva como madre de todos los vivientes (Gén. 3,20) subraya el papel fundamental de la mujer dentro del género humano.
Jesús, hablando acerca del divorcio y del derecho que tenía el hombre para repudiar a su mujer afirma:”En el principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que ya no son ya más dos, sino uno” (Marc. 10, 6-8). Y el Apóstol Pablo Afirma con rotundidad: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gál. 3,28). Las parábolas de Jesús se ocupan a menudo de la vida y del quehacer de la mujer. Él mismo habla con mujeres; incluso les enseña, despreocupándose de las reglas judías a este respecto. Manifiesta su autodonación y su llamamiento a participar de la filiación divina, que se dirige a los humildes y a los extraviados, es también válido y de un modo especial para la mujer, a la que confiere una dignidad nueva. Nuevamente en contraposición con la concepción judía, aparece el calificativo de “hija de Abrahán” aplicado a una mujer.
Si en el mundo secular fue difícil el papel de la mujer, mucho más lo fue en las iglesias cristianas. Por diversos motivos, no siempre claros, han seguido las tradiciones judías en relación con la mujer, olvidando continuamente que “varón y hembra” los hizo Dios. Siempre se decía que “detrás de un gran hombre había una gran mujer”; nunca se afirmó que detrás de una gran mujer había, posiblemente, un gran hombre, como tantas veces aconteció. Lo que era una costumbre en lo secular, con raras excepciones, vino a ser una realidad en las iglesias cristianas. La mujer debía ser una buena mujer de casa, cuidadora de sus hijos, hacendosa y respetuosa con su marido y sumisa al mismo. Era el modelo a seguir, de acuerdo con las normas establecidas. En España, que durante la República la mujer alcanzó un cierto y merecido reconocimiento de sus valores alcanzando una posición “casi” similar al del hombre, con la llegada del franquismo todo esto se vino al traste. De ello dieron buen ejemplo las mujeres de la Falange española en sus cursos de “Servicio Social”, obligatorios para todas las mujeres españolas a fin de poder encontrar trabajo o simplemente obtener un pasaporte para salir al extranjero.
La historia de la mujer creyente en la iglesia ha sido también siempre de persona de segunda categoría, siguiendo las normas establecidas en la sociedad, y a veces más allá de lo establecido. Se ha regido por un cerrajón en la cuestión en lo referente a este tema. En la Iglesia católica Romana, están viviendo está situación al igual que en los tiempos de antaño, negando sistemáticamente el puesto de la mujer, no sólo en la iglesia, sino también en la sociedad, donde la mujer no puede optar libremente en su vida personal ni comunitaria a sus decisiones personales. En la Iglesia anglicana, por parte de los tradicionalistas, se está creando un verdadero cisma por el tema de la ordenación de las mujeres y mucho más por el acceso de la mujer al obispado, lo cual está llevando a algunos de los pastores tradicionalistas anglicanos a pasarse al seno e la Iglesia católica con gran alegría del papa Benedicto XVI , no dándose cuenta que lo que se está llevando es a los más intransigente de los anglicanos, quienes con el paso del tiempo le van acarrear muchísimos problemas.
Mas las Iglesias Evangélicas también han participado de este mismo pecado, al utilizar a las mujeres y situarlas en un segundo plano, no llegando al extremo de las iglesias católica o anglicana, pero si rozando esos límites. Las mujeres eran buenas para arreglar las iglesias, limpiar el polvo, preparar la Santa Cena, y tener unas reuniones tranquilizadoras para hacer labores, en las cuales eran extraordinarias. Era muy extraño encontrar a una mujer en la dirección de la iglesia, porque el Consejo de la misma era cosa de hombres sesudos y respetables, y ni que decir tiene que el predicar estaba absolutamente vetado.
Si en la sociedad, la mujer va poco a poco saliendo de su lugar secundario, y ocupando el lugar que le corresponde, participando en foros universitarios e intelectuales es por propios méritos. Empieza al parecer, una nueva época, en la que hombre y mujer son considerados como compañeros, son tomados más en serio en su peculiaridad propia y son entendidos como personas autónomas que se complementan recíprocamente. La Iglesia Evangélica Española es una de las pioneras en este nuevo camino, no sin pasar por muchas dificultades. Aunque parezca increíble, así ha sido y a las pruebas me remito.
La enseñanza en nuestros tres principales centro s educativos: El Colegio Internacional de Señoritas, de San Sebastián; el Porvenir , de Madrid; y la Escuela Modelo de Alicante fueron avanzadas en la formación de las mujeres, con una enseñanza progresista a la altura de la Escuela Libre de Enseñanza, que trajo nuevas visiones de futuro y formación de los estudiantes.
La Escuela Modelo de Alicante, dirigida por el pastor Albricias representó una revolución con sus nuevos métodos de enseñanza, donde tanto niños como niñas tenían derecho a una formación integral: Junto a magníficos profesores había un extraordinario equipo de profesoras impartiendo clases de un nivel elevado entre el alumnado, que dieron fama a este colegio. Las alumnas que de allí salieron dieron una impronta a las iglesias, como no se había conocido antes. Eran mujeres muy bien preparadas y algunas ya ancianas todavía dan testimonio de ello.
En cuanto al Colegio de “El Porvenir”, hay que reconocer el gran mérito del pastor alemán, Federico Fliedner, que de la nada sacó con la ayuda de la Iglesia Luterana de Alemania, lo que sería el mayor colegio de huérfanos y huérfanas de todo Madrid. A D. Federico Fliedner en España no se le ha rendido el homenaje debido a su esfuerzo y sacrificio para sacar a niños y niñas de la ignorancia y de la pobreza. Su colegio llevado adelante con grandes dificultades por parte del clero católico y de las autoridades imperantes, que no pararon de incordiar para evitar la construcción del edificio que serviría de residencia para los niños y niñas, al mismo tiempo que sería centro escolar y sufrió la penuria económica, forjó, no obstante, una juventud en la que no existía diferencia entre sexos, y donde surgieron a lo largo de los años maestras y licenciadas aportando su caudal de conocimientos a la iglesia.
Si importantes fueron en la educación los colegios antes mencionados, no se quedó a la zaga Instituto Internacional para Señoritas, fundado por Alicia Gordon de Gulick esposa de Guillermo H. Gulick , misioneros de la Amercan Board. Tiene sus inicios en Santander en 1876, donde Alicia Gulick, en su primer contacto con la sociedad provinciana española, se da cuenta de lo necesaria que es la educación de la mujer en este país. La mujer española depende del matrimonio como medio de vida. La que no se casa queda limitada a “vestir santos”, cuidar sobrinos y vivir a costa de un pariente rico, si es que lo tiene. En las clases humildes la mujer trabaja en el campo en las zonas rurales; se emplea como doméstica en las ciudades o se dedica a la prostitución. La posibilidad de mejorar su situación económica o social por medio de un trabajo bien remunerado no existe. La mujer en la España de entonces vive dominada por el hombre, ya sea el marido o el confesor; carece de educación política y de cultura general; no puede ayudar a sus hijos en sus estudios, y representa siempre una influencia retrógada en la sociedad. Si España ha de vivir bajo un régimen liberal y tolerante, es necesario que la mujer y sobre todo la mujer de clase media alta, se eduque, se independice y sea capaz de ganarse la vida. Alicia Gulick ve esta situación claramente y la sufre en su propia carne. En 1887 inicia en su casa de Santander, un pequeño internado para muchachas. Este Instituto internacional se trasladó a San Sebastián en 1881. El objeto de su fundación no sólo era preparar a las jóvenes españolas para maestras, sino para capacitarlas para cualquier actividad. Fue la primera escuela que se preocupó , de una manera especial , en España para que la mujer alcanzase el nivel intelectual y social al que tenía derecho. En este Centro, además de las asignaturas normales de los mejores colegios, se impartía Solfeo y canto, piano y órgano, literatura española, francés e inglés La jóvenes que allí estudiaron fueron el caldo de cultivo para la formación de las mujeres evangélicas especialmente en la Iglesia Evangélica Española. De allí salieron no sólo extraordinarias maestras que ejercieron en muchos de nuestros colegios, sino que fueron las primeras protestantes de España con una licenciatura universitaria unas en farmacia y en otras ramas del saber. Enseñaron música en las iglesias y mostraron a las mujeres creyentes a saber vivir en la libertad que Cristo dio a mujeres y hombres, responsabilizándose en abrir la mentalidad de las mujeres para ser responsables de sus actos. Cabe destacar entre las muchas mujeres que estudiaron allí a las hermanas Araujo (Sara, Alicia, Elena y Rosalía),Sara Marqués, Esther ye Isabel Alonso, que tanta influencia tuvieron en ese tiempo. Del Colegio de El Porvenir también surgieron varias maestras y licenciadas como Caridad Rodriguez, quien tuvo una farmacia en el pueblo de Camuñas, dando apoyo con su presencia y conocimientos a la obra de ese pueblo, donde hoy en día existe una calle con el nombre de D. Federico Fliedner. Hubo varias mujeres extranjeras de un carácter excepcional .Señalamos a Constantina Van Loon (holandesa) que dejó escrito un importantísimo estudio de la Iglesia Evangélica Española en sus difíciles comienzos en nuestro país. Por otro lado, Elfride Fliedner quien , primero junto con su maridoy luego sola dirigió con pulso firme, pero al mismo tiempo cordial, el Colegio de “El Porvenir”.
Por otro lado, en la Iglesia metodista de Barcelona aparecen mujeres de una talla excepcional, unas como maestras y directoras de nuestros colegios evangélicos como Antonia Serra, Magdalena LLiurat, Dolores Ortiz, Rosa Aranda, Josefa Goëtz y especialmente la diaconisa inglesa Isabel Adams, quien durante la guerra civil española, y ante la ausencia de pastores, ejerció una labor auténticamente misionera. Al final de la guerra civil se preocupó de organizar los cultos en casas particulares.
Todas estas mujeres y otras cuyos nombres no tenemos, pero que constan en en Libro de la vida, dieron una impronta a las mujeres evangélicas siendo una de las avanzadillas en España para situar a las mujeres en el lugar que les corresponde. Y en este ambiente de libertad y responsabilidad personal abrieron las puertas, aún sin ellas saberlo, para que otras mujeres siguieran sus pasos. Hoy en día tenemos mujeres creyentes con un alto nivel intelectual y espiritual que siguen marcando pautas y ayudando en la dirección de la iglesia, como nunca antes hubo. Y a sabiendas de herir algunas susceptibilidades, he de afirmar, y creo no equivocarme, muchas de nuestras iglesias, por no decir todas, subsisten por la fidelidad y la constancia de las mujeres creyentes.
Finalmente, en la iglesia, como en las sociedades progresistas y democráticas, hombre y mujer son considerados como compañeros, son tomados más en serio en su peculiaridad propia y son entendidos como personas autónomas que se complementan recíprocamente.
No obstante todavía existen en muchos “corrales”, por desgracia, algunos “gallitos” que se creen los dueños del cotarro. El no aceptar la igualdad de sexos entre hombres y mujeres nos está llevando a que cada día que veamos en los medios de comunicación esa terrible violencia de género predominante en nuestra sociedad. En nuestra conclusión, queremos afirmar que la igualdad entre hombre y mujer se basa en la situación de ambos con respecto a Dios: el hombre ha sido creado a imagen de Dios; Dios los creó hombre y mujer. El papel dominante del hombre queda relativizado por el primer mandamiento, la obligación de obedecer a Dios afecta por igual a ambos. Las mujeres en nuestra Iglesia han luchado por recuperar el lugar específico que les corresponde en el plan de salvación y que nunca se les debía haber negado. Es hora de que reconozcamos lo que ellas han hecho en pro de hombres y de las mujeres, no sólo en la Iglesia sino también en la sociedad en la que vivimos.
Arenys de Mar, 25 de febrero de 2010
Pablo García Rubio
Bibliografía:
Misioneras, feministas y educadoras, de Carmen Zulueta
La Escuela Modelo de Alicante, de Antonio Aparici Diaz
La Iglesia Evangélica Española, Pablo García Rubio
Archivo Histórico de las antiguas iglesias Metodistas de Cataluña y Baleares.