Lo que Juan y Santiago piden a Jesús, sentarse a su derecha y a su izquierda en el Reino de Dios, es infantil y lo es todavía más cuando, según Mateo, es su madre la que formula la petición. Es fácil presentar la escena de forma que nos haga reír. ¡Es tan cómico! Jesús tiene toda la razón cuando les dice que no saben lo que piden.
Pero la oración absurda no acaba allí con estos dos niños grandotes que tienen aspiraciones de poder. Corre todo a lo largo de la historia y, sin ninguna clase de duda, hay oraciones nuestras de la que Cristo se debe escandalizar. Tampoco estos –debe decir- no saben lo que piden.
Lo hemos visto muy a menudo y quizás lo hemos criticado. Se ora por ganar una guerra, o vencer en una carrera, o ganar el oro en unas olimpiadas, o para aprobar una asignatura a la que no hemos dedicado el tiempo necesario. Se ora como una fórmula para pedir cosas, ganar oposiciones, tener la vida más fácil, o resolver problemas. Se ora, muy a menudo, como si Dios estuviera a nuestro servicio y fuera una especie de genio salido de una vasija a nuestra completa disposición.
Todo esto es absurdo y no lo es del todo. Puede ser algo que haga reír y puede ser algo tan serio que Dios mismo se mueve para responder nuestra oración. Todo depende del tiempo y de las circunstancias, o de las intenciones profundas del corazón. Y estas intenciones, sólo Jesús las conoce. Lo que ha de quedar bien claro es que Dios no está a nuestro servicio para darnos lo que, por otros caminos, no podríamos conseguir.
Y todo esto no es del todo absurdo porque Dios quiere que se lo digamos todo, que le abramos el corazón. Y dentro del corazón están todas estas cosas: también las de sentarse a la derecha y a la izquierda del Cristo glorificado. No hay nada que haya de quedar fuera, que no tenga cabida en la oración verdadera: tensiones, tentaciones, deseos, anhelos, afanes, penar, alegrías… Orar es abrirnos a Cristo, con todos nuestros pensamientos y sentimientos al descubierto: los más elevados y los más rastreros, las luces y las sombras. Pero no como un mercantilismo en el que tratemos de que Dios dé su apoyo a nuestros deseos, sino como una consulta, una búsqueda de la voluntad de Dios en toda nuestra vida, un dejarnos poseer y orientar por Él.
Orar, como es preciso hacerlo, nos dirá el apóstol Pablo, no lo sabemos, pero el Espíritu ora en lugar nuestro con gemidos indecibles (Ro 8,26-27). Ponernos en las manos del Espíritu en el silencio y la contemplación, repasar delante de Él toda nuestra vida, explicando nuestras profundas necesidades, esto es orar. No es imponernos a Dios. Es respirar a Dios, su espíritu, su voluntad, su poder, su gloria. No es tan importante el resultado efectivo de nuestras oraciones, como la renovación interior, la paz, la alegría, la fuerza del Espíritu. Ahora sí, todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Esta es la oración contestada, aunque Dios, como en Getsemaní, nos haya dicho no a cada una de nuestras peticiones concretas. No hemos salido derrotados. Hemos sido vencedores. Como Él, el gran triunfador, aquel que hizo de la cruz, un trono; y de la muerte, el principio de una nueva vida.
Enric Capó