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Cristianismo Protestante n54
Autor: Gerson Amat
 
PiratasLlevamos ya un tiempo considerable con el tema de los piratas manteniéndose casi cada día en todos los medios de comunicación. Hemos tenido en casa durante más de un mes el secuestro de un pesquero, con todos sus tripulantes a bordo, en manos de piratas somalíes. Durante todo este tiempo los medios nos han hecho escuchar las voces angustiosas de los tripulantes retenidos a la fuerza, y contemplar el sufrimiento y la protesta de sus familiares. El episodio, trágico para sus protagonistas, se ha solventado con la liberación del buque y de sus tripulantes, eso sí, previo pago de un cuantioso rescate, y que ha motivado la correspondiente protesta de los portavoces de la [leal] oposición al gobierno del estado. Y con la fuga de los piratas, que se han camuflado en tierra, en una especie de “Isla de la Tortuga” continental del siglo XXI.

Esta vez nos ha tocado de cerca, pero en lo que llevamos de año son más de 300 los navíos apresados por los piratas, principalmente somalíes, de los cuales la gran mayoría son de mucho mayor tonelaje que el pesquero español y con mercancías bastante más valiosas. Parece que para algunas personas más o menos desesperadas se ha convertido en una industria rentable y posible, en las circunstancias de desestructuración social y política que padecen sus países. Como igual de rentable para otros va a ser, a partir de ahora, el negocio de montar pequeños ejércitos privados para, se supone, defender los pesqueros y mercantes de los ataques piratas.

Hace un par de semanas también se publicó la fotografía de otros piratas, igualmente somalíes, que habían sido apresados por tropas francesas y que eran conducidos en una especie de cordada, como eran llevados a la horca los antiguos piratas que no habían sido antes colgados in situ del palo mayor. Se me cayó el alma a los pies. No sé si tendrían el mismo aspecto cuando los detuvieron, pero parecían cualquier cosa menos piratas. Ya no digo como los de las películas. Ni siquiera tenían aspecto de feroces mercenarios dispuestos a matar o a morir por dinero. Por su apariencia, jóvenes de piel negra con aspecto famélico y vistiendo túnicas harapientas, podían haber acabado de llegar en patera a una playa de Tenerife. Que conste que no estoy disculpando a nadie, porque no soy quién para juzgar a nadie. Tampoco me gustaría estar en la piel de los marinos secuestrados ni de sus familiares.

En cualquier caso, los piratas están de moda. Porque hay también otros piratas. Como esos abogados londinenses que, sin ningún disimulo ni pretender pasar por hermanitas de la caridad, hacen de intermediarios entre secuestradores y víctimas a cambio de cuantiosas comisiones colocadas en paraísos fiscales, regentados a su vez por bucaneros de tierra adentro. Son todos ellos “piratas de guante blanco”, equiparables a los ya tradicionales que navegan entre los mares de la política y de los pequeños o grandes negocios.

Estas cosas ya han pasado antes en la historia. Y no sólo con los piratas del XVII, con su pata de palo, el parche en el ojo y el loro parlanchín en el hombro. Cada vez que se organiza un imperio más o menos globalizado, los que quedan fuera de sus márgenes (¿se llaman marginados?) tratan de vivir como pueden de las sobras, y cuando no les llegan ni las sobras se dedican a apropiarse personalmente de los excedentes sin previo acuerdo comercial.

Todo esto me recuerda el antiguo libro cristiano del Apocalipsis. Hacia el final del libro, después de hacer un repaso de todas las desgracias que afligen la historia de la humanidad, una sucesión de guerras, hambres, enfermedades y muertes, el profeta autor del libro “contempla” la caída de Roma, la metrópoli, con la que “se han prostituido todos los reyes de la tierra”, los gobernantes que han hecho cualquier cosa con tal de conseguir los favores de la capital del imperio, y de cuya riqueza y bienestar han querido participar “los habitantes de la tierra” que “se han emborrachado con el vino de su prostitución” (Ap 17,1-2). La gran metrópoli vive fastuosamente, indiferente al sufrimiento que ocasiona fuera de sus límites, ejerciendo su poder militar, político, económico y religioso sobre un mar de gentes: “Las aguas que viste, sobre las cuales está sentada la prostituta, son pueblos, gentes, lenguas y naciones” (17,15). Todo un imperio construido sobre la violencia y el asesinato: “En esa ciudad se ha encontrado la sangre de los profetas, y de los que pertenecen al pueblo de Dios, y de todos los que han sido asesinados en el mundo” (18,24)

Cuando el profeta “ve” la caída de Roma, proclamada por los ángeles como acontecimiento de salvación, hay unos grupos que contemplan de lejos la escena, compungidos por la bancarrota y temerosos de las consecuencias que el “efecto dominó” pueda tener para sus propios intereses. Son en primer lugar “los reyes de la tierra que se prostituyeron con ella y se entregaron al derroche” (18,9), los gobernantes de los países aliados que han participado de las delicias de la sociedad del bienestar y ahora no saben afrontar la crisis del mercado.

Con ellos están “los comerciantes del mundo”, porque se les ha hundido la red comercial y ya no tienen dónde colocar los artículos de lujo confeccionados con las materias primas de los países que quedaban en los márgenes del imperio, y no pueden traficar con “esclavos, o sea vidas humanas”, trabajadores sin papeles desplazados por sueldos de miseria (18,11-13).

Tampoco se salvan “los que negociaban con esas cosas y se habían enriquecido a costa de la ciudad”, arribistas y corruptos de los negocios y la política local (18,15), ni “todos los capitanes de barco y los que navegan por la costa, los marineros y todos los que se ganan la vida en el mar”, grandes intermediarios y transportistas, dueños de los medios de comunicación, imprescindible para mantener las redes del imperio global (18,17).

El evangelio de Marcos recoge unas palabras de Jesús: “Cuando oigáis alarmas de guerras aquí y allá, no os asustéis, pues aunque todo eso ha de ocurrir, aún no será el fin” (Mc 13,7). De guerras o de piratas. En el libro del Apocalipsis, cuando han sido destruidos los poderes de este mundo (creo recordar que no se dice nada de los poderosos) al final queda la nueva Jerusalén.

Gerson Amat

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